Concluyendo en las promesas, nosotros no sabemos más que romper parte de ellas, simplemente porque concluimos el sentimiento que nos hizo proponerlas, que nos hizo darlas a luz. Las promesas son más una confesión que una propuesta, que un pacto, son más una revelación que una obligación de palabra, las promesas son hipérboles, porque rechazamos que pueda existir lo simple, lo banal, rechazamos que lo que debería ser grandeza sea hormiga, y entonces, creamos las promesas, para hacer superlativo aquello que roza lo verosímil, hacemos de eso algo que traspasa lo imposible, porque el amor no conoce lo banal, porque ningún sentimiento puramente llamado sentimiento reconoce lo atómico, porque hasta en la furia hay pasión, hasta en lo más frío del odio hay fuego, y a vista de todos, el amor es tan histérico, que se viste de rojo y sale a resaltar su pasión por el amar. Y allí, dentro de esa mezcla homogénea entre ponderación y sentimientos, nace la poesía. Y a los ojos de quien no escribe, la poesía, secretamente, está llena de promesas. Las promesas simples, que rechazan esa magnificación de la palabra, del hecho a concluir, no son propiamente promesas, sino juramentos; la promesa, a diferencia del juramento, ama la exageración, pero el juramento siempre escatima en palabras.
La promesa también surge de la contemplación misma, del ver tus ojos cuando amanece o cuando en realidad está anocheciendo pero no importa el afuera sino tus ojos mismos, pasar del ver todos los días tus ojos, a contemplar tu mirada, a idealizar que son ojos tuyos, que no son ojos marrones, son tus ojos marrones, del color marrón más extraño que vi en mi vida, de hecho, el único en su especie, porque son tu color, tu propio y único color irrepetible al igual que tu mirada y todas las líneas de expresión que se le forman a tus ojos cuando me miran, o cuando tus ojos sonríen por orden de tu boca, y yo observo y codifico tus tres (a veces cuatro) líneas alrededor de tus ojos, y observo como tus parpados cubren tus ojos y parece que casi se desvanecen en ese pozo gigantesco que es tu mirada, ese pozo apacible y fresco que tiene olor a tierra mojada, a tierra madre, a tierra del paraíso, a tierra de la tierra de donde naciste vos, que esconde a la vez los ojos de tu padre, y que además de ser pozo de tierra, es un pozo lleno de agua, que en ocasiones desborda en tus lágrimas y en otras me da de beber cuando sedienta estoy mirándote, abrasada, carbonizada, porque tu pozo también es un sagrado volcán hirviente, en donde tus ojos son fuego y tu mirada irradia todo lo incorrecto y todo lo inseguro de la vida, todo lo impredecible, pero, de a ratos, también, irradia todo aquello que sabe a abrazo materno, a vientre, a la comodidad del vientre de donde venís, a ese espacio, ese espacio que fue tu primer hogar, tu primer frazada humana, tu primera habitación compartida, y la última, porque luego, esa condición de ser hijo único te brindaría la soledad de una habitación que alguien con hermanos no goza, tu primer hogar luego de la tierra de donde venís, y la misma ternura de ese primer hogar me transmitirías años después cuando por primera vez te mire, y por segunda vez, luego de mucho, pase a observarte, a contemplarte, para que mirar ya sea algo banal y contemplarte sea la más increíble revelación de mi vida, como sentirme mutando en viento porque tu mirada también es una brisa, es una brusca brisa de viento caliente que rebelde se atreve a arremeterse entre las ramas del otoño, para llegar a acariciar mi piel y todas las pieles que le sea posible hasta extinguirse y muerta sucumbir ante los fuertes vientos fríos que intentan evaporizarla, pero rebelde consigue rozarme al igual que tu mirada consigue hacer que levite entre tanto peso y tanta carga de la gravedad sobre mí, y no me refiero a la ley misma, sino a la gravedad que a veces le adquiero a mi existencia, pero mi existir, está ligado a la existencia del asombro, y el asombro está ligado a tu mirada que es tierra, agua, fuego y viento, y en esa mezcla homogénea de elementos, nazco, nuevamente, yo, para existir en el hoy, para ser presente del día en que comencé a contemplar tu mirada, y deje de ver tus ojos.
Pero, sin embargo, menudo error habré cometido entonces, porque comencé a contemplarlos cuando ya se habían ido, cuando ya se habían marchado, cuando ya no podría ni mirarlos ni contemplarlos, solo atribuirles anhelo, un recuerdo de lo que fue el día en que por segunda vez los pude contemplar, porque tus ojos, y tu mirada, y aquel rostro que portaba esa mirada, se habrían ido, dejando en claro que las promesas son, de verdad, un hipérbole, una simple confesión momentánea que nace de la pasión del asombro, dejando en claro que tu promesa de siempre regresar no sería más que eso y mi promesa de nunca rendirme tampoco sería más, por lo que ambas no serían, no existirían, y lo único que pasarían a ser sería una impulsiva utilización de las palabras favoritas de las promesas: siempre y nunca.
Para T.
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