Tratando de evitarte,
reconocerte entre estos árboles arriba y este cielo abajo, desterrarte de este
vacío tan bien terminado, de este momento tan esperado. Intentando que no
conocieras la sombra que me excluye de la propia conciencia y que delata mis
peores verdades, es decir, mis reales intenciones, mis escasos sentimientos que
son lo último que me queda, lo primero que se recrea en mí luego de tanto.
No importa si
escuchás lo que digo cuando no estoy pensando, si sospechas que te miro de vez
en cuando. Ni siquiera importa la reflexión sobre el deseo; pues acaso no es
deseo el impulso reflexivo, sino el candor inexplicable, lo que no se puede
determinar dentro del vago léxico del incrédulo humano que pretende (y cree que
lo logra) definirlo todo dentro de sí y para el discurso cultural que lo
presiona a saber cómo se siente en verdad. Regular, esperar, pensar.
Actuar es
el único verbo que presiento es real, lo real es sólo lo que sucede.
Lo
fenomenológico, lo onírico, lo imaginado, lo inconsciente, acaso románticamente
acontece con más firmeza que los hechos. Pero se pierde de vista que estos últimos
están cargados de los anteriores, aún cuando lo que los remita sea el vacío. Cuando
remitimos ya ni siquiera son nuestros, es más.
Siempre es más,
siempre quiero más. Quiero menos cuando ya no más puedo, cuando ya no más
resisto.
Regular, esperar, pensar.
Y tengo más tiempo.
Quizá la lluvia te
traiga, quizá los arboles te recuerden, quizá este cielo te despierte: las
dudas me hacen pensar que no soy todo lo que pienso y que no puedo pensar todo
lo que te siento. El origen de todo lo que pude haber sido, la reflexión
sesgada de lo que soy, el deseo irrealista de lo que te deseo ser.
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