lunes, 13 de junio de 2016

Muerte súbita


Hacia las noches cuando me parezco fallecer, me pregunto verdaderamente cuáles son acaso los signos de vida que de forma fehaciente pueden decirme que sigo aquí donde aparento existir; aunque sean ambos términos, en sentidos románticos, cosas distintas. Si acaso sería consciente de que puedo estar muriendo o si alguna señal haría paso minutos antes de que mi corazón se detenga; si al contrario, quizás, solo llegara un momento en donde dejara yo de latir. Porque en términos biológicos, quizá a mi cuerpo no le importo y las células me ignoran petulantemente. Quizá si no estuviera solo hacia aquellas noches no temería, aún estando en las peores condiciones, en una imaginaria certeza de que podría salvarme de mi muerte cualquiera que sea mi testigo: pero un cuasi moribundo sin oyentes no es más que muerto dado por hecho.
Tal vez no sea más parte de este mundo hoy mismo o en un par de segundos, pero necesito la certeza de que al menos alguien estará escuchando mi último silencio e intentará rescatarme de mi destino, pero sin éxito. Aunque no importa: necesito que intenten rescatarme, que me escuchen sucumbir, que acudan a mi dolor, que respondan a mi súplica, que presencien la súbita paliza de mi existir, que se desesperen ante mi desesperación, que me presencien morir y quizá, en aquella presencia, se encuentre mi salvación o mi última alegría de que al menos no morí ya muerto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario