1997
Han pasado ya muchos tiempos. Tiempos, con ese de soy yo quien te
escribe, porque el tiempo es relativo y cada porción de él es infinita: han
pasado ya muchos momentos, muchas celebraciones, muchos fracasos, muchos días,
dirían en la tierra. Pero me gusta decir que evidentemente, ha pasado algo y
ese algo que ha pasado sigue siendo pasado: estamos en el futuro anterior y en
el presente continuo. No sé nada de usted hace tiempos, y quizá más. Lo que se
de usted, lo sabía de su boca. He tratado de recolectar el ultimo rastro de
información que poseo de su vida y esto mismo es lo ultimo que me dijo en
aquellas ultimas noches de encuentros solitarios. No sé donde vive, ya no sé su
número, no se dónde está, no sé si tiene una plaza o una estación de servicio
al frente, si tiene un kiosco cerquita o tiene que irse hasta el centro cuando
le agarran antojos de algo dulce, no sé ni siquiera si esta en el centro o
lejos de los suburbios, no sé si le va muy bien o bien (mal no entra entre mis
posibilidades, usando el criterio empírico; usted es genial), si está feliz, más
o menos, o triste, no sé si tiene amigos buenos o amigos malos, no sé si se
levanta a la mañana o a la tardecita, no sé nada de su nueva vida y mucho menos
de lo más importante dentro de esa vida misma: usted.
No sé nada de usted.
Y ahora déjeme decirle a vos:
Resulta extraño pensar que ya no me acuerdo muy bien la forma en la
que hablabas, o caminabas, o te parabas para pensar, o te enojabas o te reías.
Aunque, pensándolo bien, ahora que nombre todos estos aspectos, si me
acuerdo (se me han venido a la mente entre que los enumeraba).
Quizá, entonces, refutándome, lo que no me acuerdo es lo que había
verdaderamente detrás de todo lo que competía a vos y de qué forma me hacía
sentir eso también.
Quizás te recuerde como quien recuerda a un personaje de su serie
favorita, pero ya no recuerda la emoción con la que esperaba que sea la hora de
que la pasaran en la tele y la aún más fuerte felicidad con la que la veía.
Debo admitir que a menudo intento traer de nuevo, volver a pasar por
el corazón, intento remembrar vívidamente todo esto que ahora te digo que no
logro recordar completamente. Al principio cuando lloraba por vos, podía fingir
que te abrazaba y, dependiendo el llanto, sentirme mejor o sentirme peor: pero
sentía, te sentía, te podía recordar con toda yo.
Quizá, después, o incluso ahora, si te lloro, no podría sentirte. De
hecho, es verdad: no puedo sentirte.
Ya no te puedo abrazar,
ya perdí la proximidad escasa que tenía con vos,
quizá la última que quedaba:
la proximidad espiritual.
Este acontecimiento no creo yo haya sido un acto espontáneo,
pienso más bien que fue algo progresivo que se fue revocando dentro de
mi alma y la tuya; quizá, dentro de la unión onírica de nuestras almas, la que
experimentaron, formaron y construyeron ellas cuando nos amábamos de tal forma:
no pienso que haya otra manera en la que dos almas puedan conectarse,
ya que el odio, su antítesis, corrompe cualquier puente o conexión, y el amor
supone unión y entendimiento con el otro que amo y me ama: incluso con el que
no lo hace también.
El amor no destruye sino mas bien el odio corrompe.
Por ende, nuestras almas solo pudieron, a mi criterio, haberse
conectado a través del amor que te tenía, me tenías, y nos tuvimos; el amor
que sentíamos, o que éramos.
Puesto que así es que ellas mismas fueron desvaneciendo su lazo,
aún cuando nosotros seguíamos juntos, quizá, comenzaron a descomprimirse
y desaparecerse, ni vos ni yo las controlamos independientemente (cabe aclarar
que lo que vengo diciendo hace un par de párrafos no tiene sentido ni valor
literario si acaso vos no crees en el alma, las energías y el espíritu).
Pero aún cuando seguimos separados, quizá de alguna forma nuestras almas siguen
encontrándose en las noches de luna llena en las que sentimos (sin querer, al
mismo tiempo, a la misma hora) que el pecho se nos oprime sin razón alguna. Encontrándose
entre las sombras, rompiendo las barreras de lo prohibido, siendo al fin, por
nosotros, valientes y abrumadoras, soñantes almas encontradas que asumen lo
verdadero y no se dejan engañar por la razón, quizá toman sus miedos, temores,
tristezas y enojos y se prometen aquel amor eterno que no pudi(ste)mos
prometer(me)nos: toman sus manos y sellan su amor hasta la muerte misma. Quizá
ellas viven, en secreto, la vida que no pudimos y el futuro que jamás
tendremos. A menos que usted se aparezca por esa puerta y yo lo mire a los ojos
como la primera vez después de nuestro primerísimo beso: nuestras almas
sonreirían porque al fin ganó el amor y no la razón…y se besarían
apasionadamente antes de que finalmente podamos saludarnos como si fuera ayer.
Sé que nuevamente, no va a contestar esta carta...pero yo seguiré mandándoselas hasta que sin tinta (amor) se me quede el corazón: jamás.