domingo, 24 de enero de 2016

China

1997


Espero que usted pueda oír en la noche, al filo de la oscuridad, como la llamo con mi mente cada vez que veo algo que a su nombre me haga acordar. De repente todas las mujeres de mi ciudad se llaman Julia, o tienen una prima segunda llamada Julia, o la periodista que dicta el clima se llama como usted, o una madre llama a su niña en la calle y le grita su nombre, como burlándose sin querer de mi; ahora bien, se perfectamente que usted no puede oírme llamándola en la noche, o apenas despierto, o en medio de la merienda de las 5, o en tiempos de cena, mucho menos en medio de la madrugada. Perdón. Es el momento en el que más la extraño. Un amigo me dijo que las mentes ocupadas no extrañan ni añoran a nadie. Y eso intento, señorita. Intento ocuparme de mis responsabilidades, de simular cubierto cada hueco por el cual pueda entrometerse su nombre finito. Julia se hace bolita y pasa de forma cautelosa, Julia se separa en silabas y letra por letra logra llegar a mi corazón. Respecto a lo que dijo mi amigo... ¿no le parece a usted muy triste? Eso de andar llenando mi mente con porquerías que no sean usted. ¿De qué me sirve? ¿No es mentirme, señorita? Yo le soy fiel a mis sentimientos y pienso en usted todo el santo y diablo día. Quizás ya cuando empieza un nuevo día en China estoy extrañándola un día más aunque ni siquiera haya terminado el anterior. Usted ya sabe todas las cosas que me hacen odiar haberla perdido. O que se haya ido. Como sea, ya no existimos. Julia, señorita, disculpe el atrevimiento pero ya nos había planeado el casamiento. Ya estaba buscando trajes para elegir cual vestir en la Iglesia y en el Civil. Sería el casamiento con más amor registrado en el mundo. Nuestros hijos iban a crecer llenos de amor, aprendizaje, respeto y apoyo. Hubiera sido usted una gran madre de ellos. Yo hubiera deseado así. Nuestra familia ya tenía una pequeña casa en mi imaginación. Se iban de vacaciones en la primera quincena de Febrero a la costa. Y es que a usted le encanta el mar y casualmente a nuestra hija también. Yo la dejaba elegir destino aunque sabe bien que soy un Muchacho de Pueblos. Usted ama las luces y La Ciudad. Pero le diría que si a todo con tal de verla sonreír. Y así nuestra familia vivía en mí, hasta que sin más, se esfumo, como un humo gris de incendio, que hace toser mucho y mata los pulmones de tanto llorar por el fuego. Igualmente, señorita, no la culpo por los daños ocasionados en la propiedad de mi mente. Por suerte el pequeño cuadro con una foto de usted logro quedarse intacto. Quizá por eso la extraño tanto. Pero he aquí la verdad: esa casita familiar no era nuestro hogar. Usted, Julia, señorita, era mi hogar. Y eso también lo sabe. No le voy a nombrar y describir cada momento nuestro de pasado. Ni nuestro primer beso, nuestra primera noche juntos o el día del te amo. Yo extraño lo que no fuimos tanto como lo que un día quisimos ser. Yo extraño nuestro perfecto pasado pero también nuestro futuro que ya no existe. Discúlpeme, ya me fui de tema. Pero usted se fue hace rato y la disculpo igual. Ya no sé qué decirle Julia. La amo como se ama de verdad. Y nuevamente insisto: se que no puede oírme en la madrugada llamarla con nuestros recuerdos miles, sé que no puede oírme Julia, sé que no puede o no quiere, pero no lo hace. Yo sé que no, señorita. Pero ya no sé qué decirle. 

La amo como se ama de verdad. 

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