1997
Espero que usted pueda oír en la noche, al
filo de la oscuridad, como la llamo con mi mente cada vez que veo algo
que a su nombre me haga acordar. De repente todas las mujeres de mi
ciudad se llaman Julia, o tienen una prima segunda llamada Julia, o la
periodista que dicta el clima se llama como usted, o una madre llama a su niña
en la calle y le grita su nombre, como burlándose sin querer de mi; ahora
bien, se perfectamente que usted no puede oírme llamándola en la
noche, o apenas despierto, o en medio de la merienda de las 5, o en
tiempos de cena, mucho menos en medio de la madrugada. Perdón. Es el momento en
el que más la extraño. Un amigo me dijo que las mentes ocupadas no
extrañan ni añoran a nadie. Y eso intento, señorita. Intento ocuparme
de mis responsabilidades, de simular cubierto cada hueco por el cual pueda
entrometerse su nombre finito. Julia se hace bolita y pasa de forma cautelosa,
Julia se separa en silabas y letra por letra logra llegar a mi corazón.
Respecto a lo que dijo mi amigo... ¿no le parece a usted muy
triste? Eso de andar llenando mi mente con porquerías que no sean usted. ¿De qué
me sirve? ¿No es mentirme, señorita? Yo le soy fiel a mis sentimientos y
pienso en usted todo el santo y diablo día. Quizás ya cuando empieza un nuevo día
en China estoy extrañándola un día más aunque ni siquiera haya terminado
el anterior. Usted ya sabe todas las cosas que me hacen odiar haberla
perdido. O que se haya ido. Como sea, ya no existimos. Julia, señorita,
disculpe el atrevimiento pero ya nos había planeado el casamiento. Ya
estaba buscando trajes para elegir cual vestir en la Iglesia y en el Civil. Sería el casamiento con más amor registrado en el mundo. Nuestros hijos iban a crecer llenos de amor, aprendizaje,
respeto y apoyo. Hubiera sido usted una gran madre de ellos. Yo hubiera deseado así.
Nuestra familia ya tenía una pequeña casa en mi imaginación. Se iban de
vacaciones en la primera quincena de Febrero a la costa. Y es que a usted le
encanta el mar y casualmente a nuestra hija también. Yo la dejaba elegir
destino aunque sabe bien que soy un Muchacho de Pueblos. Usted ama
las luces y La Ciudad. Pero le diría que si a todo con tal de verla sonreír. Y así nuestra familia vivía en mí, hasta que sin más,
se esfumo, como un humo gris de incendio, que hace toser mucho y mata los
pulmones de tanto llorar por el fuego. Igualmente, señorita, no la culpo por
los daños ocasionados en la propiedad de mi mente. Por suerte el pequeño cuadro
con una foto de usted logro quedarse intacto. Quizá por eso la extraño tanto.
Pero he aquí la verdad: esa casita familiar no era nuestro hogar. Usted,
Julia, señorita, era mi hogar. Y eso también lo sabe. No le voy a nombrar y
describir cada momento nuestro de pasado. Ni nuestro primer beso, nuestra
primera noche juntos o el día del te amo. Yo extraño lo que no fuimos tanto
como lo que un día quisimos ser. Yo extraño nuestro perfecto pasado pero también
nuestro futuro que ya no existe. Discúlpeme, ya me fui de tema. Pero usted se
fue hace rato y la disculpo igual. Ya no sé qué decirle Julia. La amo como
se ama de verdad. Y nuevamente insisto: se que no puede oírme en la
madrugada llamarla con nuestros recuerdos miles, sé que no puede oírme Julia, sé
que no puede o no quiere, pero no lo hace. Yo sé que no, señorita. Pero ya no sé
qué decirle.
La amo como se ama de verdad.