Bien que podría haber espiado
por la otra ventana, pero no, mire hacia la ventana de la izquierda; ya tosco
era el ambiente y en el yo me deslizaba, tratando de esconderme de la miseria,
tratando de pasar desapercibido en frente de ella, para que no me tome de la
mano y me invite un café en plena madrugada, pero que de discusiones habría de
tener con Miseria, todas para que me deje libre, para que ya no le resulte
apetitoso, mezquinarle azúcar para el café, o mirarla con desatino, serian mis
planes. Día a día me camuflaba entre inviernos, y de un otoño, un eterno otoño
irremediable, un otoño que no es plural sino un lamentable singular otoño
estación. Las idas y vueltas al hospital, los meses de vida y larga vida a los
calmantes, las miradas de ida, las muecas lastimosas, y un tibio mediodía lleno
de allegros y penurias de violines. Un pianoforte en la entrada de la casa, su
antigua academia de música, las partituras elegantemente posadas sobre el roble
lustrado de polvillos, el sol rebotando hacia las finas teclas de blanco
mármol, luego a por el título encuadrado de mecanografía del 75’, y por ultimo
a un tímido cuadro, que antes se lucía en las paredes celestes de la
habitación, ahora medroso detrás del sillón forrado de cuero grisáceo, ¿cómo
habría resultado aquel destino trágico?, ¿cómo del fotógrafo entre codos
disparando la cámara, pasaría al cuadro firme y mediano en blanco y negro listo
para salir de la tienda en los brazos míos, y de allí a lucirse en las paredes?
Ahí a esperar el cuadro para que el primero en entrar vea como aquel perfecto
pliegue era precioso, como aquella punta era divina, y de que forma la graciosa
belleza resaltaba el arte del movimiento artístico que era bailar
refinadamente; por último, de esa instancia magnifica, pasar el cuadro a tímido
mostrarse olvidado detrás del sillón principal, mostrarse oculto, vislumbrándose
solo aquel aristocrático peinado francés de la dama protagonista de la
fotografía.
Murmurando
desperté, había soñado o más bien divagado, tiempo inestable, por lo que
escatimaba la lumínica actitud que despierta el sol que abre paso al
recibimiento del nacer de las pequeñas flores rosas, con rocío intentan
respirar al son de las nubes, tratan de, al contrario de mi actitud, hacerse
notar entre todas las flores, para que los rayos las conquisten y respirando puedan
seguir, sin embargo, aunque pocos se percataban de esta gran batalla, inclusive
algunas veces yo mismo, ellas seguían allí, firmes, al igual que el árbol de
frutos que la esquina del patio cursaba su violenta y a veces, entre vientos y
densos calores donde no sopla ni un suspiro, amena vida silvestre, seguían allí
ellos decorando el patio trasero de la casa, como la primera vez que los
plantamos. Murmurando por lo bajo, luego del baño y la cocina, el gato cirquero
logro entrar por la ventana, y lo seguí hasta la ventana de la izquierda, y
allí me detuve, entre la tela mosquitera y la hasta la mitad puesta cortina
azul, la ventana a mi favor, me dio la vista perfecta, y yo aún seguía con mi
plan de quedarme adentro leyendo el diario viejo debajo del televisor, pero
debía seguir esos pies inocentes, debía seguirlos como aquellos seguían
descalzos el camino marmolado de cemento y piedras que atravesaban el jardín,
como aquellos rozaban sin aparente dolor alguno el suelo y firmes en la tierra
estaban, en el cemento pisaba el pie plano, y yo debía seguir aquel par de pies
planos, aquellos pies que aún no habían conocido ni un tercio del mundo, que
aún no habían pisado sus confines destinados, aquellos pies casi de bebes, pero
a la vez, pies maduros, pies decididos, pies planos y llanos al igual que quien
los portaba con clase y altura; sigilosamente, y sin hacer ruido, me escabullí
hacia el comedor principal, atravesé la puerta, la puerta de tela mosquitera
que con llave estaba, y una vez en el jardín trasero, me vi desnudo frente a ese
tosco mundo frente al cual había querido pasar desapercibido, ahora el veía mis
vergüenzas y yo veía sus deleites, unos pasos hacia la derecha, y llegaba al
sendero de cemento que cruzaba en diagonal, no sin antes pasar por la mesa
gigante del patio, resguardada por la enredadera hogar, y allí, el sendero, y
allí, los pies se me sintieron sin callos, los pies se me sentían libres del
sudor del hacinamiento, los pies se me resplandecían de inocentes y aunque no
eran planos eran pies descansados, pies nuevos, un par nuevo de pies, unos pies
temerosos del camino, y las piernas que los portaban a su vez se sintieron aún
más aliviadas, eran más flacas, más lampiñas, con menos carga de la gravedad,
eran menos densas, sorprendentemente las mismas cualidades compartía ahora el
torso, delgado, ni tan descuidado ni tan tallado a mano, y hasta las manos
ahora podían sentir más, hasta ellas parecían tener menos lagunas
tridimensionales, lucían menos laboriosas y más predispuestas a ser aún menos
ásperas y arrugadas, pero los pies, aquel soporte plural, los pies calzados
míos estaban, pero aquellos pies desnudos no pude entrever entre las hojas de
las plantas altísimas, seguí el sendero, el corto sendero donde debía encontrar
los pies planos, y no conseguí victoria, me propuse ahora sí, caminar por la
continuación del sendero, por detrás de las plantas altísimas, que más que
senderos eran una certeza de laberinto escondido, caminaba con mis nuevos pies,
y continuaba caminando, parecía que ahora la noción del tiempo se desvanecía
como debajo de mis ojos se desvanecía
el cansancio, y continuaba caminado, hasta que encontré los pies, estirados
como truncando mi camino, solo las piernas y los pies se notaban, con un aire a
sorpresa pude encontrarme con los ojos sanos, con aquellos ojos felices que ya
no recordaba, y con la fina tez de un ángel que solo deja sentirse cuando
dormido se queda tendido a tu lado, y una laguna morena espesa que caía hasta
la cintura, virgen laguna espesa y morena repartida en hilos que en tumultuosas
ondas caían hacia un abismo que, a pesar de ser abismo, resistía la caída de la
laguna, y la mantenía delicadamente hasta la cintura, para dejarse lucir, entre
curvas recién nacidas y un torso, ahora sí, tallado a mano. Tomando mis palmas
y las suyas, quiso probar la veracidad de ese encuentro ahora ya no más
encuentro sino victoria, la había vuelto a encontrar, ahora inocente, dulce,
prematura y primeriza, se denotaba en la sonrisa que las peripecias aun no eran
colectivas y que los dolores se podían calmar con melodías de piano, que los
sueños florecían en las mejillas rojizas y que bailando se podía ahuyentar al
mismísimo dolor; ambos nuevos y ambos pies limpios, pero una pequeña
diferencia, ella no sentía las piedras del sendero lastimarla aunque estaba
descalza, no sentía mi palma verdaderamente, y no podía apreciar el frio entre
los lunares de sus brazos desnudos, porque no sentía la molestia y no podía
sentir, pero allí se lucia, y yo me lucia, y ambos encantados de volvernos a
conocer, no hablo ni una sola palabra, al principio solo me pareció digno de la
sorpresa, asi que no le tome importancia y solo me deje llevar por ese brazo
aventurero que corría por el sendero del patio, detrás de las plantas
altísimas, y yo vivaz corría detrás de aquel brazo y la portadora vestida de un
blanco mármol, que daba aire a tecla de piano, corríamos a ritmo y paso por el
sendero, y ella reía y yo reía porque no había razón para no reír y correr al
mismo tiempo, como tiernos infantes que huyen de algo que todavía no conocen,
de un enemigo que aún no tienen, de un lugar del cual todavía no se quieren ir,
quizá yo quería huir, pero ella no podía, asi que quizá solo quería volver,
como entre las plantas y el sendero del patio habíamos vuelto a ser puros y
castos, a brillar las dentaduras y a lucir la epidermis sin venas superpuestas,
habíamos vuelto al reencuentro y al encuentro con la misma inocencia digna del
impúber, y seguía corriendo, y la laguna arriba cerca de la cintura rebotaba en
un vaivén animado, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, y volteaba a
verme y a seguir riendo, y corriendo, hasta que en un momento se detuvo, casi
cuando el sendero ya se proponía terminar en la tierra mojada del patio y las
flores rosas, se inmovilizo, dejo de correr, no piso la tierra nueva, y se
quedó en el asfalto, me hizo posicionarme enfrente de ella, posar mis pies
cubiertos en la tierra mojada, y ahora ella detrás de mí, me cubrió los ojos
con las palmas de sus manos, y escuche el mismo último suspiro que había
escuchado aquella vez en la habitación blanca y tosca de hospital, donde conocí
por primera vez el sentimiento de vacío, donde aquel último suspiro llego a mis
oídos desde la habitación hasta la sala de espera, y, casi sin darme cuenta,
largue un suspiro anticipando las futuras noticias, su último suspiro, cargado
de pena y silencio eterno, volvieron a escuchar mis oídos ahora nuevamente
desgastados, mis pies ahora con callos y áspera piel, mi torso ya nuevamente
descuidado y malgastado por el clima y los años, toda mi totalidad perdió
inocencia alguna a raíz de aquel nuevo último suspiro que implícitamente era el
mismo último suspiro que soplo en la habitación, solo que ahora volvía a
golpear de mis lóbulos a mis tímpanos, y apenas el aire caliente de la
respiración y el sonido tenue llegaron dentro mío, sus palmas sobre mis
parpados ya no estaban, di la vuelta, y no había silueta alguna, solo estaba el
sendero y las plantas altísimas, y yo parado sobre la tierra mojada, nuevamente
añejado, en el patio trasero de la casa. Volviendo del sendero intente localizar
nuevamente el milagro, pero ya la fe no me encontraba y yo no encontraba sus
pies descalzos, nulos de dolor y años, recorrí el camino exacto unas seis
veces, y a la séptima, rendido volví por el sendero hasta la puerta de tela
mosquitera, saque la llave de mi bolsillo, la abrí, luego pase la puerta de
madera, y nuevamente adentro estaba, aturdido por el clima ahora surtiendo
efecto en el cuerpo, me senté en el sillón de cuero gris pálido, ahora ya en la
academia, de frente, el pianoforte se percibía solitario, y en un intento
desesperado de hacerlo sentir tocado, lo observe con recompensa, y al final una
sonrisa que dignificaba su buen trabajo, había sonado durante décadas, y le
había dado a la casa un aire sofisticado, pero fuera de lo estético, las
melodías que sonaban en las tardes en la academia, no solo tocaban las paredes
celestes, sino también las plantas altísimas del patio, las flores recién nacidas,
los pequeños cuadros de la estantería, y el espacio entero, hasta llegar a los
rayos del sol que cada mañana rebotaban en la academia entera. Observando el
pianoforte, me levanto del sillón para irme, cuando veo que un rayo encandila
una tímida pieza detrás del mueble grisáceo, una luz potente llegaba hacia el
rostro de la fotografía, me agacho para tomarlo, y allí estaba de vuelta, esos
pies inocentes y limpios, esos pies tibios y fuertes, que soportaban peso y
carga, pero que no decaían, y en aquella pubertad no solo había madurez sino
también elegancia, pero aun asi, la dulzura, la ternura en esa esencia pura
dejaba entrever que aún era lozana. El reencuentro en el sendero había sido un
intento de redención, un último vistazo a la limpieza de su cutis y el candor
de sus pupilas, un encuentro celestial con su alma, no su cuerpo, porque su
cuerpo ya no estaba, por lo que tampoco sentía y por eso descalza no percibía
el dolor; un cruce con aquellos tiempos máximos de los tiempos en donde
nuestras inocencias coincidían y podíamos ser nosotros mismos, caminar juntos,
sentir nuevos dolores e ir perdiendo acompañados aquella frescura en la sana
actitud. Un reposo dentro del caos, una tregua entre la pérdida y el dolor, una
máxima redención desesperada para que en un simple acto, yo concluyera en la
más efímera y sensible acción, de volver a situar la fotografía en su lugar, en
lo más alto de las paredes celestes de la academia, arriba de la ventana
principal, tome la pequeña escalera del galpón, y subí, casi hasta el cielo,
para que la dulce bailarina volviera a su oriundo lugar, de donde nunca se supo
ir y de donde nunca la debí bajar, me fui de allí, satisfecho y sorpresivamente
calmo con el reencuentro con ella, dándole un significado útil a aquello que no
tenía posible explicación, porque apetecemos de la relevancia y no podemos
convocar que la razón no encuadre a la realidad. Pase el cuarto contiguo a la
academia, con la escalera pesada en brazos, feliz de haber hecho mi cometido;
paso a la cocina y de allí vuelta a pasar la puerta de madera, y luego la
puerta de tela mosquitera, y de allí al patio, me dirijo hacia el galpón del
fondo, al lado del árbol principal, y dejo la escalera entre los escombros y
latas olvidadas de pintura, el gato paso por mis piernas y volvió a entrar a la
casa, animado nuevamente por mi impulso de no permitir que consiga entrar, lo persigo
y se posa en la ventana de la izquierda en la pieza matrimonial, y, entre la
tela mosquitera y la cortina azulada, veo sus ojos negros felinos, su pelaje
moreno y su rostro inocente lleno de júbilo.