domingo, 9 de septiembre de 2018
La esquina que tiene el cielo
Busco esa esquina, la esquina del cielo, y no puedo disfrutarlo. Pese a que busco no encuentro la esquina, pero yo sé que está ahi. El doblez que necesito no lo puedo encontrar, la cornisa, el precipicio, el defecto. No quiero encontrarla, quizá solamente la necesito para darle una razón a tanto miedo. Es que lo único verdadero es aquello interrumpido, lo incontinuo, que caduca, lo postergado; el amor es un túnel y no un puente. Lo imposible, la pausa indefinida. No es la lámpara, sino el calor que emana el foco cuando tengo que apagarlo, el ruido que deja en los oídos la música escuchada demasiado fuerte, los pelos que deja el perro después de correr entre mis piernas, la marca de lo que nunca será y al mismo tiempo sé que está ahí esperando, la esquina del cielo aparentemente interminable. Lo demás es cotidianidad.
martes, 21 de agosto de 2018
Quehaceres
Puedo limpiar de forma muy precisa, mi casa, mi cama, mis platos
Puedo acomodar mi cómodo hogar que diariamente hábito y dónde habitan mis cosas, que están a mi cargo, que apadrino cuando limpio, pero ellas no me dejan pulcro
Pareciera que las cosas están en orden si mi casa lo está,
Pero pese a lo que digan los fundamentalistas de la entropía, el desastre se acobija debajo de la alfombra, la simetría de mi hogar no me permite vivir en paz, y sin embargo, a ella debo las esperanzas de que acaso hay algo que por lo menos se puede limpiar, pulir, salvar.
No hay forma de adjudicarle esto a mi conciencia, ni a la historia, por eso antes de llorar debo primero lavar los platos, ordenar mi cama, barrer la entrada al patio; si pudiera borraría la tierra de mi alma.
Puedo acomodar mi cómodo hogar que diariamente hábito y dónde habitan mis cosas, que están a mi cargo, que apadrino cuando limpio, pero ellas no me dejan pulcro
Pareciera que las cosas están en orden si mi casa lo está,
Pero pese a lo que digan los fundamentalistas de la entropía, el desastre se acobija debajo de la alfombra, la simetría de mi hogar no me permite vivir en paz, y sin embargo, a ella debo las esperanzas de que acaso hay algo que por lo menos se puede limpiar, pulir, salvar.
No hay forma de adjudicarle esto a mi conciencia, ni a la historia, por eso antes de llorar debo primero lavar los platos, ordenar mi cama, barrer la entrada al patio; si pudiera borraría la tierra de mi alma.
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