Crónica
porque me gusta recordarnos
Crónico
porque eres permanente
aquella noche fresca
de seguro no llovía,
éramos nosotros
los que formábamos la llovizna,
un tenue rocío sobre el sillón,
un producto del roce prohibido
nacido de la tentación.
Un confuso sonido
que se parecía a algo ya desconocido
en la ciudad de madrugada:
silencio.
Sólo uno, solo una, solo dos.
Nos entendíamos
sin saber bien lo que el otro quería decir y sabiendo
perfectamente el punto exacto
en el que el otro
podía morir en el sillón.
De repente,
entre la fricción,
entre el silencio,
entre la carne,
entre las señas,
entre la velocidad,
entre el pulso
y el corazón,
de repente,
lo inesperado.
Todo parece cambiar.
De repente ya todo se tranquiliza
y deja el clima pícaro veloz.
Todo se transforma
en una comunión,
un tierno abrazo
que une a uno y una,
que une a dos,
dos torsos que son uno,
dos latidos que se pegan en un mismo corazón.
La piel erizada lo evidenció
Inesperadamente
Inesperadamente
sentimos lo mismo los dos.
Éramos uno,
ya no era yo, no eras vos.
Te miré,
después de un beso
igual de desnudo.
Te miré y sonreímos.
Y allí, nos convertimos,
en un abrazo abrasador.
Aquel pasaje
de lo grotesco
a lo inocente
de lo rápido
a lo lento
fue la primera
y ultima vez
que sentí
que te sentí
amor